...y que pensaba que no me iban a gustar; podría ser el título. Pero no, a decir verdad muchas son las buenas experiencias que me llevo de aquí. Y no hay foto suficiente para los buenos momentos, la buena gente.
Para comenzar diré que yo nunca había hecho hitchhiking y los que me conocéis sabréis que soy una persona a la que le gusta tener todo bajo control; es decir, transporte, alojamiento y comida. BÁSICO. Planeo los viajes con antelación y si en mi cabeza suena bien, pues ¿porqué no? Vamos a hacerlo. Así que a mi la idea no me atraía demasiado. La primera vez que me animé fue con nuestra amiga Aida, su compañera le había hablado de unas salinas (Slanic Prahova) y había que probar.
* Vale la pena decir que, claro, a mi salinas pues las de Santa Pola y nada más; así que por nada del mundo me imaginaba un auténtico resort en una antigua cueva de extracción de sal, con monumentos excavados, máquina pinball de Terminator, y tó.
Aida es una de esas personas con pésimo sentido de la orientación, pero tan risueña que parece que aunque tengas que dormir en un pueblo abandonado porque ha mirado el horario del autobus mal, no puedas enfadarte con ella. Y quizás por eso, porque es rubia como ella sola o porque tuvimos suerte, nos pillaron enseguida y a la vuelta un señor majísimo que también recogió a una mujer que estaba en el camino. Aquí es costumbre darle algunos Leis al conductor, pero como nosotros hemos tenido la suerte de topar con gente muy agradable pues nos parece casi como ofenderles. Si hasta sabemos de historias en las que los conductores les han invitado a comer, o les han comprado incluso unos zapatos del mercadillo! ¿Cómo no vamos a confiar en el 90% de la gente de aquí?
La última buena fue este pasado fin de semana, 16 de agosto, que fuimos a ver a unos amigos a Valcea, y el conductor, un chico de nuestra edad, tenía 4 días para pasarlos con su familia y su novia y se desvió como unos 150 kilómetros para ahorrarnos las inconveniencias de coger un autobús; y por si esto no fuera suficiente llamó a un amigo suyo para que nos viniera a buscar en caso de estar perdidos. Pero ya le dijimos que no, porque no sé si os pasa que a veces tanta muestra de amabilidad os abochorna. Esperamos poder devolverle una cena española en condiciones ;-)
A veces no hemos pedido el contacto de la persona. En otro viaje que me reí muchísimo fue yendo a Sighisoara con una pareja de abogados que se olía en el aire que acababan de empezar, amantes de los perros, él iba a comprar una bici de triatlon y tenía mucho sentido del humor. Nos recomendaron algunos bares de Bucarest que, por supuesto no recuerdo, y dijeron que teníamos que quedar.
No quedamos. Pero me parece que me los volveré a encontrar.
Hemos debatido alguna vez la causa de la amabilidad de la gente, que si el comunismo, las penurias...no lo sabemos; el caso es que nada que ver con la imagen de personas frías o el retrato que se nos hace por la televisión.
Otra de las cosas que me gusta es que está todo relativamente permitido. He de reconocer que los primeros días de estar aquí no le cogía yo el puntito al caos que gobierna esta ciudad: ¿coches aparcados en la acera? Pues casi que no, mejor pintamos cada esquina de diferentes colores y ahogamos a los habitantes a impuestos para que puedan aparcar en la puerta de su casa. Señores y señoras del primer mundo, tenemos la receta equivocada, o al menos hasta que me rompa una pierna y quiera mandar los coches, bordillos y rebordillos al carajo.
Supongo que no me enorgullecería vivir en una ciudad tan motorizada ni en la que el soborno sea tan fácil. Pero acostumbrarme a que el maquinista del tranvía te espere, sí. Son los pequeños placeres que te acarician bien pronto en la mañana y que ponte tú a buscar un atisbo de eso cuando esperas en la línea circular a las 8 de la mañana y te acomodas la mochila o toda prenda propensa al desgarro al más puro estilo: ESPARTANOOOS.
Me imagino que lo que hace bonita a una ciudad son sus personas y mientras en Bucarest sea posible que un taxista te lleve gratis a recuperar una mochila que olvidaste en el autobús, creo que iré recuperando poquito a poquito la fe en la humanidad (por lo menos hasta que llegue a Madrid).
*:-)
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