miércoles, 8 de mayo de 2013

Viaje a Tulcea

02 al 05 MAYO 2013:

Tres y media de la tarde cojo el bus en Gara du Nord, cinco menos veinte: llegada al aeropuerto, nervios, cinco menos diez, más nervios. Joder y yo no veo el vuelo en el que tendría que aterrizar Irene por ninguna parte! Cinco, la intranquilidad se va volviendo cabreo (no me puedo creer que me haya dicho a las cinco para que esté prono) cinco y diez....cinco y media, ECO!

:)

Estoy tan contenta de que se haya animado a pasar por aquí que lo dejaremos pasar por alto.

Aquella misma tarde nos fuimos al mítico Caru cu Bere, que se ha convertido en una especie de Sureña para los que vivimos aquí, donde se pueden celebrar bodas, bautizos y comuniones y la comida está de madre!

La verdad es que la zona del centro de Bucarest es preciosa, y la ciudad bien se tiene merecido el apodo de "la pequeña París", cuando paseas por Lipscani y haces un descanso en el pasaje Macca Vilacrosse.

Al día siguiente cogimos un largo tren para ir a Tulcea, donde habíamos quedado con nuestras amigas italianas que nos fueron a buscar en el fastuoso "Ramona". Una vez en el puerto de Tulcea, como no había barcos que fueran ya a esas horas hacia el delta, decidimos ir en coche a Jurilovca, localidad pintoresca donde abundan los habitantes rusos. En el camino, paramos en Babadag, un  pueblo super desolado que contaba con una mezquita. Una vez en nuestro destino, cogimos una lancha de pescador típica tipiquísima pero a precio de turista alemán; que nos desembarcó en Gura Portitei. Aquí es el lugar donde se encuentra el río con el Mar Negro, y el paisaje es tranquilo y el resort tiene algunas cabañitas de sólo dos camas que están bien para desconectar por completo. Allí disfrutamos largo y tendido de la playa, siendo Elisa y yo las más osadas!










Esa noche dormimos con ellas en Mahmudia, rodeadas de más sonidos de la naturaleza de lo que nunca podría haber imaginado. 

Al cabo de las horas partimos de nuevo a Tulcea donde cogimos la barca con nuestro amigo Simón. Hicimos el recorrido por el brazo del delta de Sulina, la verdad que para ser el más popular me lo esperaba más transitado, así que cumplió mis expectativas. El paseo era muy tranquilo, como unas turistas más, y el barquero se empeñaba en describirnos todas y cada una de las especies de aves, aunque  si bien es cierto que a veces más que avistamiento de ellas era persecución en lancha, al más puro estilo narcos entrando en lancha por la costa gallega, pero bueno, fue agradable de todos modos. 

Llegadas a Mila 23 desembarcamos cual si de la caravana del amor se tratase y aquello fuera la villa  más perdida de la serranía de Cuenca. Un montón de jóvenes y alguna jóvena dispera, en el único bar del lugar, nos miraban como cuando de pequeño vas al pueblo de un amigo. A mi es una sensación, que, en particular, me hace bastante gracia. En la puerta nos encontramos a un hombre mayor sueco de estos que se jubilan y se van a recorrer el mundo y que de repente hace que te apetezca tener 60 años o 70 y un buen montón de dinero en la cartera; y tras arreglar un poco el mundo y ensalzar las virtudes de Rumanía, seguimos con nuestro viaje. Llegamos a Sulina, comimos pescado en un restaurante y regresamos, surcando las olas del Danubio y habiendo conocido un poco más de sus peculiaridades y su gente.

Y esta es la última foto que tengo del viaje porque decidí que debía descansar un poco la vista (que es el sinónimo que utilizo yo cuando quiero decir echar una cabezadita) antes de llegar a Tulcea y encontrarnos con los amigos que habían estado en Vama Veche.



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