martes, 12 de marzo de 2013

ATERRIZAJE



28 FEBRERO:

Bueno, he aquí el momento de actulizar el blog; tras un montón de días sin Internet, se puede decir que definitivamente: estoy en Bucarest!! A continuación intentaré describiros en unas pocas líneas cómo fue mi llegada a la ciudad.


Pues bien, después de una emotiva despedida me enbarqué en el avión que tanto tiempo había estado esperando. Tras arrastrar mi maleta por una superficie equivalente a la de la mayoría de pueblos de la provincia de Segovia, llegué a una especie de transbordador o lanzadera (me gusta más esa palabra) de la T4 que me conduciría directa a la puerta de donde salía mi vuelo. Una vez allí pude reconocer fácilmente a Julián, el que sería mi compañero de viaje.


Ya montados en el avión la experiencia fue peculiar porque no acerté a adivinar, por el contorno, los países que íbamos atravesando. Al cabo de poco más de una hora de trayecto, ya surcábamos las islas más bonitas que haya visto jamás: dos parcelas de tierra emergían de entre aguas cristalinas.


A lo largo de las 3 horas y media que duró el vuelo, estuve practicando esta adivinanza. He llegado a la conclusión de que viajar sin poder comentar la jugada con nadie resulta ser más aburrido y a la par estresante, para mí. 

En ese momento se me vino a la cabeza una imagen de la película “El club de la lucha” y me pregunté si con el pequeño plato de pollo con arroz se incluiría también una ración individual de amigo que me hiciera más llevadero el trayecto. Nada más lejos de la realidad, aquella chica que estaba a mi lado consiguió caerme mal por dos motivos: uno, la gente que quiere sentarse en tu asiento cuando a ti te ha tocado ventanilla me cae soberanamente mal; y dos: me “sugirió” apagar el móvil cuando por primera vez en mi vida me atreví a dejarlo en modo avión; ¡habrase visto!


Hala, pues eso. Ya a punto de aterrizar fue curioso porque mis ojos pasaron de coleccionar islas mediterráneas con abruptas montañas nevadas, a acostumbrarse a la planicie más absoluta, en medio de ella, un serpenteante río, o varios, y casas alineadas en su margen. O casas o es un desguace, eso pensé yo, ya que parecían de juguete. Aunque pronto aprendería que ese gusto peculiar es común en Rumanía.


Cuando aterrizamos encontramos a las mentoras, y nos fuimos a conocer el apartamento; colocamos un poco, y con Nerea, mi recién estrenada compañera de piso, bajamos a Uniri a tomar un shaorma bien rellenito de cosas; a saber: car,¡ne, tomate, lechuga, pepinillos, patatas fritas... Cuando volvimos ya era hora de ir a buscar a María del Carmen al aeropuerto, es decir, más de las 12 de la noche.
Esto de aquí era la prueba de fuego del primer día.
Regresamos, hicimos charla de presentación en la cocina y cada una se fue a descasar un poco tras un largo viaje.

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